Bad Bunny en Lima, su impacto cultural y económico en Latinoamérica: reputación más allá de la música

El viernes 16 estuve en el concierto de #BadBunny en Lima. Y confirmé que buena parte de la conversación sobre Benito sigue atrapada en prejuicios que impiden entender la dimensión real del artista del que estamos hablando.

No me refiero a gustos musicales; dejémoslo en segundo plano.
Me refiero a impacto, a #reputación y a liderazgo cultural.

Antes de iniciar su tour mundial, Bad Bunny decidió hacer más de 30 conciertos consecutivos en Puerto Rico, en formato de residencias. No en Estados Unidos. No en Europa. En su isla, para su gente.

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Según Moody’s Analytics, el impacto económico directo de esas residencias se proyecta en 250 millones de Dólares, cifra recogida por The New York Times. Turismo, ocupación hotelera, restaurantes, empleo. Impacto país puro, no solo beneficios para la industria musical.

Este dato debe llamar la atención. Porque obliga a mover la conversación a otro nivel.

Lo segundo que suele pasarse por alto es que el álbum reciente del autor de #DTMF (Debí tirar más fotos) es materia de análisis académico. Yale University desarrolló un curso que utiliza su producción musical como mapa sonoro y político para entender la historia contemporánea de Puerto Rico, justo después de su último álbum, que le da nombre al tour mundial. Ojo, no es un homenaje, sino una lectura crítica desde la academia.

Con eso en mente, ahora sí vuelvo al concierto en Lima.

Lo primero que llamó la atención fue el público. Miles de peruanos vestidos con símbolos puertorriqueños: el sombrero tradicional de PR «la pava», las chicas llevando la flor de maga en la cabeza. Esto no era merchandising ni moda, sino relación con otra cultura.

Confirmé una posición artística clara: no resolver la noche con una consola y un DJ —suficiente para el reggaetón—, sino salir con banda en vivo «Los sobrinos», tocando géneros tradicionales como la plena, la bomba o la salsa. Cuando alguien logra el éxito comercial y se marca otro nivel de complejidad, hay una intención más seria detrás.

Y vi algo más relevante aún: dos escenarios. Uno en la zona clásica. Otro en el extremo del Nacional, tribuna norte, sin precedentes en algún cantante. Más de una decena de canciones interpretadas ahí, desde “La casita”, una representación explícita del barrio puertorriqueño.

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En ese espacio, Bad Bunny pasó entre los influencers y celebridades invitados, y se acercó a saludar a la gente. Como en cada uno de sus conciertos, eligió a una chica del público para que dé el go, en uno de los momentos más icónicos del concierto: «Acho PR es otra cosa» (Muchacho, Puerto Rico es otra cosa).

Benito propuso a la gente: «Hoy mi banda y yo somos peruanos, y quiero que ustedes sean Puerto Rico». Identidad clara e integradora a la vez.

Te podrá gustar o no su música. Pero seguir analizándolo desde el prejuicio dice más del observador que del fenómeno. Como decía Drucker, se puede aprender de todos, y ya te digo que el conejo malo nos deja varias lecciones.

Café servido.

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